Universidad de San Carlos de Guatemala Centro Universitario de Occidente Quetzaltenango
Carlos Rafael Yllescas M.  
 
  ARTICULOS 21-10-2017 06:23 (UTC)
   
 
EL CEREBRO, FÁCIL DE ENGAÑAR
 
Bombardeados como estamos por tantísima información, nuestros cerebros la tienen difícil a la hora de filtrar lo que está cimentado en hechos reales, no ya decir, descartar lo que es falso. Además por qué habría de hacerlo si lo que es verdadero para algunos no lo es para otros. Aunque aquí y ya situados en el terreno de la ciencia el asunto es diferente.
 
La ciencia se fundamenta en que lo que se da a conocer tiene el soporte de hechos que se han sometido a verificación, se han confrontado muchas veces y han sufrido la revisión de un cuerpo especializado de científicos. No es un asunto de opinión o pareceres: son hipótesis que puestas a prueba se convierten en evidencias. Muchas lo son de forma transitoria porque otra característica de la sanidad de la ciencia es su continua, constante, capacidad de renovación, de revaluar ideas que no eran correctas o que lo eran de forma insuficiente.
 
Así, cuando tras muchos años después de probar la seguridad y la eficiencia de las vacunas se les da vía libre y se logra erradicar la casi totalidad de las enfermedades infantiles, viene un médico inglés y, tras maquillar resultados, expande por el mundo la falsa noticia de que las vacunas producen autismo, estamos en otro terreno, el de las declaraciones falsas. Igual sucede con otras tantísimas declaraciones falsas como la de que los transgénicos producen cáncer, la de que la teoría de la evolución es una invención de un grupo de militantes…, la de que la tierra no es redonda o que en Estados Unidos viven 30 millones de inmigrantes ilegales.
 
Pero por qué razón el cerebro con muchísima frecuencia le abre con facilidad la puerta a estas declaraciones falsas? Y con ello se hace con información falsa o retorcida que lleva a tomar posturas distorsionadas a la hora de tomar decisiones.
 
En una revisión de reciente publicación, el psicólogo David Rapp de la Universidad de Northwestern, explica que las personas incorporan de forma rápida esas declaraciones falsas en su memoria, porque es mucho más fácil hacerlo a ponerse en el trabajo de evaluar de forma crítica y analizar lo escuchado. Luego, el cerebro trae la información incorrecta primero pues es la que menos trabajo ha supuesto a la hora de procesarla. “Si está disponible, las personas tienden a pensar que se pueden fiar pero el hecho de que solo porque se recuerda que alguien lo dijo no lo vuelve verdadero”, dice Rapp.
 
Inclusive es más difícil evadir el confiar en información no cierta cuando la información verdadera y la falsa están mezcladas, insiste Rapp, quien además es profesor del departamento de psicología en el Weinberg College of Arts and Sciences. “Estamos bombardeados con toneladas de información todo el día; es una pesadilla el evaluar de forma crítica todo lo que recibimos”, dice Rapp. Todos sus estudios y reflexiones lo han llevado a coeditar y participar en el libro “Processing Inaccurate Information”.
 
Con frecuencia asumimos que nuestras fuentes de información son confiables. Y no es que las personas sean dejadas o perezosas, aunque en algunos casos esto puede contribuir al problema. Es que la tarea de evaluar y confrontar todo es ardua y difícil y nosotros tendemos a preservar recursos para cuando necesitemos hacerlo en situaciones que requieran más nuestros esfuerzos”.
 
Y en los asuntos políticos muchos presentan información que es, de manera clara, errónea, y que además, casi todos ellos no se han tomado la molestia de investigar o confrontarla. Luego en las redes sociales el asunto se ha convertido en una verdad que se asume como tal y se riega, ahí sí, sin la más leve posibilidad de ser analizada, menos de ser revertida.
 
En su revisión, Rapp se permite indicar algunas ideas que faciliten la labor de filtrar la información y caer en la trampa fácil de tomar todo como una verdad.
 
Evaluar de forma crítica la información, de forma inmediata. Esto le ayudará al cerebro a no almacenar la información incorrecta. “Se trata de evadir el codificar esos datos que al final pueden resultar nocivos al momento de formar una memoria sana, peligrosos en potencia”, dice Rapp.
 
Considerar la fuente es una buena idea. Las personas tienen una tendencia mayor a usar información errónea de fuentes creíbles, más que de las que no son de fiar, de acuerdo a la investigación de Rapp. Si lo dice fulano, que es tan poderoso y sabe tanto, así esté diciendo falsedades, se lo toma como cierto.
 
“Cuando la verdad está mezclada con declaraciones no fiables, las personas son persuadidas, engañadas o se vuelven menos críticas, algo que les impide reconocer, evaluar y rechazar ideas falsas”. Aquí un ejemplo: Trump dijo haber visto el video donde había intercambio de dinero por individuos secuestrados en Irán. Más tarde se retractó. De inmediato las noticias afirmaron de la existencia del video. Así, sí hubo intercambio de dinero, una falsedad.
 
“Trump tan solo dice cosas pero una vez ellas son codificadas en el cerebro de las personas, ellas se las creen, y las usan para reafirmarse”, finaliza Rapp.
 
Desenredar la maraña que pueda formarse entre la verdad y las falsedades cuando existe confusión dada la información venida de tantas fuentes, vuelve el desafío aún más difícil.
 
 
 
 
The Consequences of Reading Inaccurate Information. David N. Rapp
Current Directions in Psychological Science. 2016.
 
 
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